martes, 8 de diciembre de 2020

Sombrero, estatua, invierno, mariposa, Moscú

 

Cuando el tren se fue me quedé quieto, como una estatua, en posición de despedida, con el brazo alzado, el sombrero en la mano. Sin fuerzas ni ganas de moverme.

Ahora, frío, triste, adormilado, sobrevivo tratando de no gastar mi escasa energía. Espero tu vuelta como espera la primavera una mariposa que trata de resistir el invierno en Moscú

lunes, 7 de diciembre de 2020

Más allá de la puerta

 ¿De dónde nace su inspiración?

Cuando me hacen esa pregunta suelo hablar de libros, de una infancia en la que dediqué mucho tiempo a la lectura. Pero a ti te voy a contar toda la verdad: mi imaginación se desarrolló gracias a una prohibición.

Recuerdo que estaba muy asustado la primera vez que fui allí. No sé si tanto como mi madre. Su hijo, su único hijo. Cuanto le costó aceptar que me fuera ese verano con mis abuelos, los padres de mi padre, al pueblo. Yo apenas los conocía, y no tenía ni idea de cómo sería mi vida allí. Tímido y acostumbrado como estaba a la sobreprotección, sentía miedo en cuanto salía de mi cuarto.

Fue el verano de la libertad. De la libertad forzada, porque mis abuelos no me permitieron permanecer en la seguridad de una habitación. Me obligaron a estar en las calles, en la plaza, en el monte, en el río. A estar con animales, incluso con los más peligrosos: los chicos del pueblo. Muy distintos a mí pero me acogieron muy rápido como uno más, quizá porque necesitan un nuevo fichaje y no tenían mucho donde elegir. En ese verano, mi cara fue cambiando del susto a la alegría. Aprendí a ver el mundo como un lugar para disfrutar, no para temer.

Sólo una prohibición. “¡No abras esa puerta! Nunca.” me dijeron muy serios. No me dieron explicaciones, y yo no las pedí. Sería un almacén donde guardaban herramientas, alguna peligrosa, pensé. En ese primer verano, no le di más vueltas. Durante el día estaba demasiado ocupado con los juegos con amigos o las expediciones en solitario. Si estaba por casa mis abuelos me hacían ayudarles con alguna tarea o me pedían que les tocara la guitarra. Por las noches, estaba tan cansado cuando me acostaba, que no tenía tiempo de pensar antes de dormirme.

Fue a mi vuelta en la ciudad, cuando empecé a planteármelo. Allí dedicaba tiempo a mis libros y a la música, pero después de aquel verano eso no bastaba para sentirme bien, para no tener momentos en los que mi vida me pareciera aburrida, insípida. Entonces recordaba la diversión y la aventura del pueblo. Y también la puerta. parecían considerarme suficientemente mayor y responsable para que me cuidara y evitara los peligros. Imponer algo de manera tan tajante y sin dar explicaciones no armonizaba con el resto del comportamiento de mis abuelos. ¿Para qué no me hiciera daño? No lo creía; parecían considerarme suficientemente mayor y responsable para que me cuidara y evitara por mí mismo los peligros. Siendo un niño, es normal que empezara a plantearme posibilidades llenas de fantasía. Dependiendo de mi ánimo, o de lo que me hubiera ocurrido en el día, esas fantasías estaban llenas de encanto y alegría, o de monstruos y amenazas. Mi mundo más allá de esa puerta se fue haciendo cada vez más grande y más rico, y con cada vivencia, cada libro que leía o película que veía, lo iba agrandando, y, por afectos o temores, se iba llenando de personajes. Pronto ese mundo empezó a salir de mi cabeza; llenaba cuadernos con dibujos y pequeños relatos. Pero fue mucho años después cuando ese mundo privado comenzó a hacerse público.

Volví varios veranos más al pueblo. Nunca intente abrir esa puerta. Primero por temor; me quedaba delante de ella, mirándola, y siempre se me hacía más presente los peligros que podía suponer abrirla que las maravillas que podría encontrar detrás. Cuando me hice un poco más mayor, y un poco más realista, creo que perdí ese miedo o gran parte.. Lo único que me habían pedido. Claro, todo podía ser una broma que me gastaban…si era así, que la siguieran disfrutando. Yo también la disfrutaba: el misterio de esa puerta añadía al pueblo magia y picante. Que no se entere mi madre, pero durante esos veranos ni por un instante deseaba estar en otro lugar.

Diez años después de aquel primer verano, mi abuelo murió, y mi abuela se vino con nosotros. Acompañé a mis padres al pueblo para recogerla y cerrar esa casa del pueblo. Fue entonces, mientras ellos estaban ocupados, cuando me planté delante de esa vieja puerta de madera, y tras dudar un buen rato, y con bastantes nervios, la abrí.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Cae la lluvia

La lluvia cayendo, suave, tenue, constante, sobre un paisaje precioso; múltiples verdes en armonía, expuestos en diferentes niveles. El agradable frescor, tan apetecible al final del verano. Sonidos relajantes, paradisiacos: agua, pájaros, ladridos. Aún paladeo la sabrosa comida, el vino me acuna con calidez. Aire con aroma a gran hogar. Una ligera brisa…en los brazos…en la cara…haciéndome sentir mi cuerpo, confirmando mi presencia, conectándome con el entorno. 

Paz y belleza. Recuperación, limpieza. Disfruto del exterior y del interior. Momentos en los que me siento lleno, capaz de descubrir tesoros en el barro y de dar mucho y muy bueno. Podría escribir cien cartas de amor.

Disfruto por lo que hay pero también por la ausencia de todo lo que me molesta, de todo lo que me agita y me hace descender. No consigo mantener ese estado al volver a un mundo que se mueve entre el apocalipsis y la verbena. Ruido y furia. Instantes de foto separados por vacío. Tiranía del capricho. Bondades presumidas. Rebeldías en pañales. Egos que usan como papel de baño la hoja de reclamaciones. Ante el espejo el más serio respeto. Opiniones instantáneas, invulnerables, invasoras, que resisten a la ciencia, la moral, la lógica y la realidad. Felicidad, competición por puntos. Ligereza, sin cargar ni con responsabilidad ni con pena.  

Una vida apartada no me supone una gran renuncia. Sí, puedo imaginar historias hermosas, llenas de magia cotidiana, pero me faltan fe y voluntad para darlas vida en ese mundo. No estoy a la altura de mis sueños. Soy sólo carne, miedos y costumbres, ideales que me quedan grandes, una sensibilidad koala, dormilona y cegata, y un procesador que se reconoce autor de “1001 formas de ser estúpido”.

La lluvia cae con suavidad. Quiero alargar al máximo este momento. Prefiero una vida tranquila aunque sea menos vida.

 

lunes, 21 de enero de 2019

El traje


-“Eres tonta” – le dije a mamá. Tonta. Me suena muy fuerte ahora. Me duele. No recuerdo haber sido un niño malo. Tampoco rebelde. Pero esa tarde me había enfadado mucho. Estaba rabioso.  Me había enseñado el traje. El que quería que llevara en la boda de la prima Mónica. Yo no estaba dispuesto. No y no. Me negaba con todas mis fuerzas. No pensaba ponerme eso. Había asumido que tenía que ir a esa boda. No es que quisiera, por supuesto, iba a ser un rollo. Pero, después de mostrar mi oposición, había transigido; me pareció que debía ceder. Eso sí, pensaba llevar mi camiseta de la liga de la justicia. Imagino que me parecía que de ese modo establecía cierto equilibrio. Y más importante: quería presumir de esa camiseta, la única prenda de la que me sentía orgulloso. Pero con ese traje no. Nunca. Estaría ridículo, además de muy incómodo. Los primos de mi edad se reirían. El primo Juan, se lo contaría a todos en el colegio. Hasta puede que les mostrara fotos.

Pero no era eso lo que me había hecho decir tonta, un grave insulto para un niño de diez años, en aquel tiempo al menos. El problema no era sólo que quería que me pusiera algo que no me gustaba, algo que entra en la normalidad de la relación de un niño y su madre. Lo que más me irritaba era que ese traje me parecía caro. Puede parecer extraño que a esa edad tuviera capacidad para tasar un traje. Pero ya entonces había aprendido a distinguir lo caro de lo barato. Lo que estaba dentro de mis posibilidades, es decir, lo que podía llegar a comprar mi madre, de lo que estaba fuera de alcance. Ya había asumido que no podía tener muchas de las cosas que me gustaban. No me quejaba. Ni siquiera pedía mucho. Sabía y veía lo que mi madre trabajaba, me daba cuenta de que si algún gasto no imprescindible se hacía en casa era por mí. Y además recibía algún buen regalo de los abuelos, de vez en cuando. Como la camiseta de la liga de la justicia. Y ahora ella se había gastado mucho dinero, lo que yo consideraba mucho dinero, lo suficiente para comprar algo que me hubiera hecho ilusión, en eso. Esa tontería. Tonta. Ella que siempre me había dicho que la apariencia no era lo importante. Mentirosa.

- Marcos, escúchame. Ya se que te he dicho muchas veces que la apariencia no es lo importante. Pero a veces…- Ella no quería obligar, aunque alguna vez lo hacía. Cuando se sentía satisfecha era cuando convencía, o creía convencer. – Tu podrías ir con tu camiseta preferida y yo en vaqueros, y seríamos más nosotros mismos, es verdad. Pero a veces, hay que mostrarse ante los demás de una determinada manera para conseguir un propósito. Un buen propósito. A veces se necesita algo especial para causar el impacto que se desea ¡Cómo los superhéroes! Los superhéroes tienen que ponerse un traje que a veces es muy extraño, a veces muy ridículo, o a mí me lo parece…pero funciona. Es algo que tiene muy poco que ver con lo que son cuando no son superhéroes, que no se podrían para ir a comer una hamburguesa o tomar algo con los amigos, pero que necesitan cuando son héroes, porque dice “aquí estoy, soy especial, soy extraordinaaario”. Por eso necesitamos tu traje, y un vestido para mí. Sí, también algo para mí. Como Wonder Woman. Vamos a ser superhéroes en esa boda. Vamos a causar impacto. Nos mirarán y dirán “¡Vaya! ¡Fíjate en esos dos!”. Claro que nosotros sabemos que somos los mismos con cualquier ropa. Pero ellos nos verán diferente, nos pensarán diferente. Ya, ya sé que te digo que no hay que preocuparse de la opinión de los demás. Que nosotros estamos bien. Aunque no presumamos de viajes, de fiestas, quizá estamos mejor que ellos. Lo pasamos bien, nos reímos mucho. Pero esta vez, por una vez, me gustaría que nos mirarán distinto. Qué no lo hicieran con lástima, como suelen. Con su mirada de ¡pobrecitos! No, quiero sorprenderlos. Quiero que brillemos. Que los que nos tienen cariño se alegren. Y los demás rabien de enviiidia. Quiero presumir, sólo está vez. Presumir de niño guapo. Quiero que nos vean fuertes, poderosos. Como héroes. Los dos formando equipo.

-Pero bueno -mamá se sentó.- No sé, quizá, sí sea tonta, quizá es una bobada mía. No sé…iremos como quieras. Pero iremos. Por favor, Marcos. Tenemos que ir. No quiero que parezca que nos escondemos, que no queremos mostrarnos porque nos va mal. Sé que algunos lo esperan. Estaremos, y daremos la mejor imagen, aunque sea sin supertrajes.

Mamá no me obligaba. No si podía evitarlo. Hubiera preferido que lo hiciera esa vez. Me hubiera dado una salida fácil. Mucho más fácil que decirle que sí, que me había convencido. Eso lo veía como una forma de derrota para un hijo. Me había convencido, aunque no la comprendía bien. Sí que había comprendido que para ella era muy importante, aunque no entendía por qué. Tampoco veía que el traje o su vestido nos ayudaran mucho. Pensaba que daría una imagen falsa y además peor de nosotros. Pero ella estaba segura de que nos vendrían muy bien. Y si le decía que no al traje, sabía que ella lo aceptaría, pero se pondría triste y no disfrutaría de la boda, aunque de todos modos intentaría pasárselo bien, se esforzaría para que yo me divirtiera. Y lo de verse como un héroe, me había gustado claro. Tramposa ¿Por qué me hacía decidir a mí? Yo era un niño. Que me obligara y ya está. Que tuviera valor para cumplir su papel de madre. Cobarde.

-Total, ya los has comprado. Ya la tontería está hecha. El dinero perdido. No lo vamos a tirar sin poner. Tendré que llevarlo a ese rollo de boda. Tendré que hacer el ridículo ¡muchas gracias! – Se lo dije a la hora de la cena. Creo que fue una buena salida. Aceptación forzada. Claro que entonces ya sabía que hubiera podido devolverlo. Pero bueno…podía pasar. Mamá me permitió mantener la dignidad. Me preguntó: - ¿Seguro? – pero no comentó la posibilidad de devolución. Me lo agradeció con gran sonrisa. Me dio un beso, que yo recibí con muy mala cara.

Recuerdo claramente esa boda, y es un buen recuerdo. Mamá estaba muy guapa. Muy pocas veces la he visto así en toda mi vida. Nunca hasta entonces. Bien vestida, bien peinada y maquillada. Muy guapa. Tengo fotos, no sólo lo digo de memoria. Y en esas fotos me veo bien. Supongo que me aburrí, no podía ser un día muy divertido para mí; seguro que deseé volver a casa con mis comics. Pero lo que más recuerdo es que me sentía bien. Yo era un héroe, esa boda una misión. Y tenía mi traje especial. Hasta llegue a cogerle cierto cariño. Le pegué un fuerte empujón a un primo que amenazó con mancharlo.

No recuerdo haber vuelto a llevar ese traje. Se quedó pequeño enseguida. No sé que haría mamá con él. Si lo vendió o lo regaló. Sí guardo algunos otros de mis supertrajes, de mi ropa de superhéroe. Siempre que me visto de una manera especial, siempre que cambio mi imagen habitual para conseguir algo, para ayudarme a sentirme más fuerte, más seguro, recuerdo esa boda, recuerdo aquel traje y aquel vestido. Recuerdo a mamá.


miércoles, 8 de agosto de 2018

MI DÍA IDEAL


REDACCIÓN “MI DÍA IDEAL”  - Por Sara Galdos Pérez

Para empezar mi día ideal empezaría tarde. No tendría que madrugar así que no habría colegio ese día. No es que no quiera ir al colegio nunca. No quiero ser una tonta. Ni siquiera una tonta guapa o una tonta rica. Me gusta aprender y sentirme más lista. Pero en mi día ideal prefiero que no haya cole, y poder dormir lo que quiera y hacer lo que me apetezca.

Me despertaría en mi casa o en un hotel, si estoy de vacaciones. No en un palacio de cuento, ni en un mundo imaginario ni nada así. Los cuentos me gustan, pero no sé si me gustaría vivir en uno. Si es en hotel me vale el de la playa al que solemos ir en verano. Está bien. No soy como María que dice que siempre va a hoteles de lujo. Sus padres si no es a sitios muy buenos no viajan dice. Pues yo viajo más que ella. A veces me cansa María. Pero es mi amiga y la quiero, y me gustaría que estuviera conmigo en mi día ideal. Y que estuviera bien. Una vez desee que a mi amiga María le pasara algo no muy bueno. Es que es pesada a veces. Pero es mi amiga y la quiero, y luego me arrepentí de haber deseado eso. Y durante un tiempo tenía miedo de que pasara, pero no pasó y me alegré. No suelo desear que a la gente le pase algo no bueno. Sólo a los niños mayores que nos molestan y de eso no me arrepiento. Tampoco me importaría despertar en casa de los abuelos. Me dejan hacer lo que me apetece y la comida es rica. Me gustaría comer sopa y albóndigas. Con patatas. Y bizcocho de chocolate. Con mis abuelos no veo películas infantiles. Eso me gusta también. Con mi abuelo veo fútbol y con mi abuela Sálvame.

Me gustaría pasar tiempo con mis amigas ese día. Y con mis padres. Y con mis abuelos. Y con mi hermano. Me gustaría que todos estuvieran bien ese día y con tiempo para estar conmigo. Y también quiero estar yo bien. Mi madre estuvo muy malita un tiempo, pero ahora se ha curado. Cuando estaba malita solo quería que estuviera bien. Me gustaría que mi madre tocara el piano y que mi padre contara chistes. Quiero lo mejor para mi familia. Me gustaría que mi hermano mayor fuera feliz. Es un poco mayor que yo y es tímido. Estaría bien que tuviera muchos amigos. Pero si los tuviera igual no jugaba conmigo. Me gusta que me haga caso y juegue conmigo. Quiero que sea feliz jugando conmigo, y leyendo, le gusta leer. Y dentro de unos años que tenga muchos amigos. Y novia. Si quiere. Para ser feliz tiene que ser menos llorica. Hasta yo le hago llorar muy fácil.

Me gusta que le pasen cosas buenas a la gente, también a los que no conozco. Como a los que veo a veces en las noticias. Me gustaría que vivieran mejor.

En mi día ideal me gustaría jugar al baloncesto y meter muchas canastas, ganar a mi hermano al FIFA sin que se dejara ganar, o no mucho, nadar en el mar con el agua fría, bailar con María, cantar en italiano con mi madre, hacer magia para mucha gente, montar en bici con mi padre, tomar nesquik noche viendo llover,  hacer fotos a cosas bonitas o feas pero curiosas, construir con mis legos, un combate de bolas de nieve en la sierra…Ya sé que no puedo hacer todo eso en un día. Pero con algunas de ellas ya podría ser un día ideal. Y también me gustaría que pasara algo que no esperara y me gustara mucho, porque cuando pasa algo bueno que no esperas es mejor que cuando sabías que iba a pasar.

Así que mi día ideal podría ser de muchas maneras. Pero es importante que yo estuviera bien, y mi familia y mis amigos también. Dormir lo que quiera. Comer lo que me apetezca. Jugar mucho. Que todo fuera tiempo libre. Estar con gente que quiera. Aprender algo nuevo. Que tuviera una bonita sorpresa. Que el mundo fuera un poco mejor. Y que me compraran un vestido bonito.

martes, 13 de marzo de 2018

Escribiendo una cita


“Miraba los libros que me rodeaban, esperando impacientes como un niño espera a un padre que llega con retraso. Estaba ya asumiendo que nadie iba a venir. El dueño de la librería me miraba sugiriéndome acabar con aquello, más que nada por lástima. Entonces apareció ella. Apresurada, nerviosa. Sonrió al ver que yo seguía allí.
 - Uff menos mal – dijo sonriendo y llevándose la mano al pecho – Creí que no llegaba, estaba agobiada. No sólo vengo a que me lo firme. Tenía que decirle que me ha encantado su libro. He sentido en muchos momentos que estaba escrito sobre mí. ¡Me siento tan identificada con el personaje de Marta! No quiero ser pesada pero me pasaría horas comentando con usted la historia.
- Bueno, ya me iba a ir, podemos tomar algo y hablar lo que quieras pero con la condición de que me tutees.”
Vale, resulta un poco raro que escriba sobre mis fantasías de éxito. Pero debe decir que como éxito literario es de lo más sencillito. No sé si eso habla de mi humildad o de mi escasa ambición. Un único lector me basta, o lectora mejor.Una única beliefer. Al fin y al cabo, creo que entre mi masa de seguidores hay mayoría de mujeres. Normal, he escrito casi toda mi vida sobre ellas o pensando en ellas.  Muchas veces con la intención de que les interesase el autor detrás de la obra. El deseo de ser querido era mi mayor inspiración. Algunas veces ha dado resultado.  
Una lectora que sienta, que viva mis palabras. O que las ría. Ese es mi sueño de escritor. Bueno eso y que Javier Marías o Vargas Llosa me metan en su grupo de whatsapp de grandes escritores que desprecian al vulgo.
No trabajo demasiado en busca de ese sueño, debo admitir. Pero bueno, hoy estoy aquí, en esta librería-cafetería, pretenciosa y tranquila, con mi portatil. En casa, me despisto demasiado, miro el móvil o veo la tele. Aquí espero estar más centrado.
Aquí estoy, con mi portatil y un café, en actitud reflexiva. Me puede ver todo el que mire el escaparate, las pocas mesas no están en un lugar muy discreto. Creo que mi imagen cara al exterior falla el café. Una te con mucho colorido o un vino ofrecería una imagen más atractiva, más de escritor sofisticado.
En esas mesas expuestas, la gente que pasa puede ver a dos hombres en dos mesas. El otro hombre, más joven, bebe una cerveza pretenciosa. Consulta el móvil y mira frecuentemente hacia la puerta. Siento ya curiosidad por ver a quien espera.
Y aquí aparece. Menudo cabrón con suerte. ¡Qué mujer! El tipo de mujer al que me encantaría poder decepcionar. 
Por la manera en la que se saludan es la primera vez que se ven, al menos en persona. Una primera cita. Probablemente se han conocido en alguna aplicación de estas de solteros. Una cita en un sitio como éste, parece propio de una aplicación de búsqueda de pareja. Las conozco bien. Tienen potencial, lo malo es que uno se tiene que mostrar como una mercancía. Hacer publicidad y venderse. Pero en fin, ¿cuándo en el mundo actual no nos mostramos como una mercancía? Otras aplicaciones como Badoo, no las he trabajado nunca. No son para mí. Si me da corte utilizar una para jugar al padel con desconocidos…
Yo hago como que escribo y sigo atento la conversación. Desde el primer momento, el hombre, Marcos se llama, hace un ejercicio continuado y muy intenso de adulación. Todo lo que dice ella, Alba, le parece maravilloso. No había escucha atenta, sólo respuesta palmera inmediata.No había reconocimiento, diferenciación, comprensión, aceptación. Las personas para poder apreciar nuestra identidad y desarrollarnos como seres únicos, necesitamos oposición, la confrontación con lo distinto del otro. Se lo he leído a un filósofo surcoreano. El propósito último de este zalamero es como máximo un vulgar matrimonio.   
Yo nunca me habría comportado así. En primer lugar porque no soy capaz de alcanzar semejante grado de entusiasmo. Bueno, puede que un primerísimo momento yo también fuera complaciente, para crear un ambiente relajado y propicio para el dialógo. Pero siempre con un propósito final sincero y elevado. Y poético añadiría. Sincero, elevado y poético.
Siempre que conozco a alguien que me interesa me pregunto cómo se cuenta el mundo, y cómo describe al personaje principal de la historia, es decir a sí mismo.  
En una primera impresión creo que Alba se ve como una luchadora, como alguien que conoce las miserias de la realidad, pero que no por ello se ha amargado, ni ha perdido la esperanza de disfrutar de una vida maravillosa. Creo que se ve como alguien que pelea por ella, pero también para proteger y cuidar de los suyos. Ha dicho ahora que es camarera. Vaya, la veo desaprovechada en ese trabajo, sería más beneficiosa para la sociedad en una residencia de ancianos, por ejemplo. Alegrando con su resistente sonrisa.
Me inspira. Me la imagino en una historia en la que vive en una casa muy humilde con hermanos pequeños que dependen de ella. Se esfuerza porque en su hogar se mantenga la alegría y la calidez del cariño, aunque fuera tenga que luchar en un entorno frío, oscuro y hóstil.  Siempre se muestra llena de fuerza y de esperanza. la más fiera en el combate la más dulce en la caricia. Como la María de “Metrópolis” en ambas dimensiones de mujer con una luminosa belleza espiritual, en su misión ilusionada y firme de lograr un mundo mejor, y robot humanoide, seductor y revolucionario. La combinación ángel-diablo es muy interesante en todos los aspectos de la vida. Todavía mi Alba historia está indefinida; unas horas de atenta escucha me permitirían creala a medida.   
Ahora le toca a Marcos hablar de sí mismo. No todo va a ser hacer la pelota. “Pues nada, yo soy muy normal”…¡Por favor! ¿Puede haber una frase más fascista que esa? La gente como yo es la normal. Todos deberían ser iguales a mí. Los distintos son raros, anormales, despreciables. ¡Ojo con Marcos! ¿Te gustaría exterminar a gente como yo, verdad Marcos?
Dudo de que a ella le guste. El hombre que puede buscar Alba…uuhm es dudoso tiene que tener fragilidades para que ella pueda sentir que le cuida y le protege. Pero a la vez, para que le pueda amar como pareja, tiene que ser luchador. Algo así a lo que ocurre con la viuda negra y Hulk. Ufff, Scarlett Johansson.
Parece que a ella le hace gracias Marcos. Se ríe mucho. Bueno, creo que ya está bien. No estoy aprovechando nada el tiempo, no he escrito ni una buena frase. En vez de escritor estoy ejerciendo de cotilla patético. Me está dando bajón.
Creo que ya es hora de regresar a mi fortaleza de soledad escala click de famobil-

jueves, 22 de febrero de 2018

La chica del ayer


No levanto mucho la vista durante el trayecto en metro. Muy temprano, de casa al trabajo. La concentro en mi kindle, en mi libro de Saer, con su letra pequeña para que me dure más cada página y no tengo que pulsar continuamente. Me aislo en el lenguaje lleno de belleza y sentido. Saco así provecho del tiempo que dura este viaje rutinario y oscuro.
Las pocas veces que la levanto no enuentro nada que atraiga mi interés. Algunas de las caras habituales.  Casi siempre a la misma hora, casi siempre en el mismo vagón. Ahí está la chica que se maquilla. Logra asiento con experimentada habilidad, abre su espejito y procede. Imagino que es alguien que está siempre falta de tiempo, o quizá es un poco perezosa y le gusta apurar al máximo el tiempo en la cama. Lo consigue sin sacrificar su aspecto. Cierto es que sus compañeros de viaje vemos el antes, su cara sin flltros. Pero no somos su público. Es al salir del metro cuando se abre el telón, así que nada  importa que veamos que ocurre en los camerinos. Casi todos los pasaejeros de la mañana aun no hemos empezado oficialmente la jornada, estamos aún en la fase previa del día.
También estaba el hombre dormido. O aparentemente dormido. No ronca y por su aspecto yo apostaría que cuando está de verdad dormido si lo hace. Pero apenas se mueve, mantiene su cabeza echada hacía atrás, apoyada en el cristal y sus ojos permanentemente cerrados.Aunque no llegue a entrar del todo en el reino de los sueños, me sigue asombrando su capacidad para reaccionar justo en el momento oportuno. La entrada en Estrecho coincide con la apertura de ojos. Mucho más meritorio los días en que, como hoy, la voz que anuncia las estaciones permanece callada. ¿Si un día no reaccionse a tiempo debería avisarle? Parece lo correcto, pero espero no tener que hacerlo: me resultaría violento además de decepcionante.
Y poco más que ver en el…¡vaya! ¿Pero no es esa Marta? Al menos es idéntica a como la recuerdo. Un momento…es idéntica a como la recuerdo, a como era la última vez que la vi ¿y cuándo fue eso? Hace mucho…muchos años ¿Veinte ya? Uff, tremendo…Veinte años que han pasado para mí y que también lo han hecho para ella; sólo en mi cabeza permanece igual, inalterada. Uno evita ser consciente de la edad que tiene, pese a que debiera ser evidente, y menos aun  se da cuenta que el tiempo ha pasado también para aquellos que formaron parte de su vida y con los que perdió el contacto hace años.
Marta tendrá mi edad más uno, si sigue endo edad, confío en que sí. Y esta chica tan parecida a ella, o eso me apunta la memoria, tendrá unos 18 creo. Quizá más, no soy muy bueno en esto. A veces, también en el metro, oigo hablar de la universidad a muchachos a los que no echaría más de 16. Y tras escuchar un poco su conversación debo descartar que se trate de prodigios y aceptar el error de mi estimación.
No es probable que me falle la memoria, aunque haya pasado tanto tiempo desde que la vi, que es casi tanto como el que ha pasado desde la última vez que miré una foto suya. Podría ser su hija, pero es poco probable. Tendría que haberla tenido poco después de que rompieramos, y entonces ella no expresaba ningún deseo de tener hijos. Ni entonces, recien licenciados, ni  tampoco en el futuro,  nuestro futuro, cuando lo pensabamos compartido, con esa ingenua creencia en la continuidad de las emociones que se tiene no sólo de joven, pero sobre todo entonces. Pero quién sabe,  pudo cambiar de idea, pudo cambiar de un día para otro. De pronto la maternidad le ilusiona, se la cuenta de otra manera. Quizá por la convincente proposición de alguien que imagina un excelente padre. Es posible. Tampoco yo imagina llegar a convivir con un gato. Le echo de menos. Su dueña lo trajo a casa, y se lo llevó al irse. Lo echo de menos mucho más que a ella. Ese animal sí que sabía entenderme.
No es sólo por sus rasgos, grandes ojos, labios finos…, por los que  la joven del metro me recuerda a Marta; también su intensa energía, el entusiasmo que derrocha. Marta me dio mucha vida, eso es innegable. Grandes momentos. A mí me bastaba con soñar, pero ella necesitaba experimentar. Por supuesto dirigió su entusiasmo, sus ambiciosas expectativas, hacía mí y hacia nuestra relación. Esperaba mucho de mí; era halagador y estimulante, pero también agotador. Me esforcé por ella, mejoré por ella, pero incluso así pensaba que la estaba decepcionando. Finalmente se confirmó: en efecto, la decepcioné. Cuando lo dejamos, cuando me dejó, sentí una liberación. Desapareció la tensión de tener que alcanzar el superyo que era el supertú que estaba en la mente de Marta. Pero desde entonces la he echado mucho en falta, y no ha dejado de ser mi referencia, el modelo con el que comparo y valoro, mi metro de platino iridiado.  
Hasta que no llegue a casa no podré asegurarme de que mi memoria no me falla. Creo que conservo un albúm con fotos de aquella época. No muchas, no había móviles entonces, sólo se capturaban momentos muy especiales: viajes, celebraciones…No había móviles, ni redes sociales…pero ahora sí. Quizá no sea necesario esperar. Es posible que esté en Facebook. No he olvidado sus apellidos, los que buscamos juntos en listas de notas ¡Aquí está! Sí, cómo la recordaba…pero con veinte años más. Sigue guapa. Está sola en la foto, sin niños, ni pareja….me pregunto...No hay más fotos de ella que pueda ver. Esa y una amanecer son las únicas públicas. Tengo curiosidad. No tiene nada de extraña que la solicite amistad. ¿Por qué no? La he recordado y me he dicho qué será de ella. Si acepta mi amistad la puedo escribir un mensaje explicándole lo que ha ocurrido. Creo que le hará gracia. Vaya, me he puesto nervioso.